miércoles, 5 de junio de 2013
Sí! Prefiero no decir qué prefiero. No me gusta que me conozcan, no me gusta dar ventajas. El misterio puede ser tu mejor aliado cuando no vas a estar demasiado tiempo en un lugar. Miro hacia la puerta para estar seguro de que nadie más ha de entrar al lugar en el momento equivocado; son solo estos y no otros a los que les toca vivir la muerte hoy. Les miro una última vez sin que lo sepan, los miro con pena, con lástima, pero nunca con desprecio; me duele su ignorancia y su fragilidad, miro como hablan y hablan sin parar de cosas que al final no han de importar nada en unos segundos y sé que debo hacerlo, transformarlo todo, reacomodarlo todo, liberar este momento del orden y reinstaurar el caos. El artefacto cae al suelo, salgo del lugar a pasos largos y sin prisa, nadie me vio realmente, la gente no ve realmente, no se detiene realmente, no te atiende realmente. Te toleran pero no registran ni lo intentan, nada de lo que realmente podría definirte, solo te sirven o te contestan como automáticamente y así se pierden casi todo de la vida, sin mirar, solo escuchándose a si mismos, enamorados de su tono de voz y de las cosas que tienen que decir del mundo y de los demás, como si fuera importante, como si supieran muchas cosas. Ya a unos treinta pasos del lugar escuché a mi espalda el sonido grave y salvaje, amortiguado por los tapones que llevo en los oídos, esos tapones que tampoco notan las personas cuando me hablan, esos que uso para poder seguir escuchando, después que la primera vez estuve varios días tratando de recuperar mi oído por completo.
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